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Las niñas y la mal llamada sinequia vaginal
Marisol Ramírez Verdejo

"Mi hija tiene los labios menores pegados": carta de una madre angustiada

El diecisiete de noviembre del pasado año acudí con mi hija Lucia de dos años y tres meses al pediatra. Íbamos por una gastroenteritis aguda con vómitos y diarrea. Entré en la consulta preocupada por mi hija y sin imaginar que faltaba muy poco para que la gastroenteritis dejara de angustiarme dando paso a una preocupación aún mayor.
Fui yo quien, aprovechando la consulta, comenté al pediatra, sin darle mucha importancia, que había visto restos de flujo vaginal en las braguitas de Lucia mientras la aseaba. Esto provocó la rápida exploración de los genitales de la niña, algo que se había hecho rutinariamente las primeras visitas pero que había dejado de hacerse desde hacia ya casi un año. El médico, con solo echar un vistazo mientras abría la vulva, sentenció:

- Uff! Esta niña tiene una sinequia. Hay que intervenir.

Reproduzco el Uff, porque es literal y porque me ha hecho pensar en lo mucho que debería cuidarse la clase médica en utilizar expresiones de este tipo. Yo no tenia ni idea de lo que era la sinequia, la palabra intervenir me descompuso, y el uff -que entendí perfectamente- no me pareció halagüeño.

- Sine... ¿qué? ¿Qué es eso? ¿Es grave? ¿Duele? ¿Qué dice que hay que hacer?
- Sinequia de labios menores. La niña tiene los labios menores pegados, sellados, hay que hacer una pequeña incisión para abrírselos. No es necesaria la intervención quirúrgica, yo me comprometo a hacerlo en la consulta. El protocolo recomienda que los pediatras derivemos estos diagnósticos a un cirujano, pero a mi me parece traumático meter a una niña en quirófano por nada. Será un rato malo pero luego se irá a casa y ya está, aunque habrá que tener cuidado porque los labios menores pueden volver a pegarse.
- ¿Por qué sucede? ¿No hay otra solución? ¿Como se los va a separar?
- Es muy difícil saber por qué sucede, sucede y ya está. No, no hay otra solución porque afecta al orificio de la orina y puede provocar infecciones graves. La técnica a llevar a cabo puede ser manual o ayudado por una aguja, es por eso que se realiza en quirófano, a veces con anestesia aunque sólo si la niña se pone muy nerviosa.
Resolvimos que en cuanto se curase la gastroenteritis pediría hora para llevar a la niña y "liberar" la sinequia. Esa fue la expresión médica que utilizó.

Diez días mas tarde, estábamos de nuevo en consulta. Desde la última vez, yo no había hecho otra cosa que informarme acerca la famosa sinequia, una cuestión de la que no sabía absolutamente nada y que me sirvió para fijarme como nunca antes en la vulva de mi hija y en la mía propia.
Llamé también a la jefa de pediatría del hospital Son Dureta en Palma de Mallorca. Le quitó hierro al asunto.
- No es nada, les pasa a muchas niñas. Se separa y ya está. Tráela una mañana la consulta de pediatría y en una hora estás lista. No, en principio no hay anestesia...que va! Duele pero no es nada grave.
Al final fuimos a su pediatra de siempre.

Como a casi todos los seres humanos a Lucia tampoco le gusta ir al médico pero estaba tranquila. Debía presumir que todo iría como siempre: revisión habitual y caramelo final. Como goza de una salud general buena, las visitas al pediatra eran molestas pero no traumáticas.... ¡hasta ese día!.
La tumbaron en la camilla le abrieron las piernas y el alarido fue atroz.
Ya estaba, sinequia de labios menores liberada. Solo quedaba el llanto de la niña y una receta de Hidratante genital externo Cum Laude.

Llegamos a casa y Lucía seguía llorando. Era un llanto nuevo, el de la primera experiencia dolorosa consciente. Yo no dejaba de pensar en el dolor que debe provocar el desgarro bruto de un tejido en una zona tan sensible.
Tras muchos mimos cuentos y caramelos se calmó. Parecía haberse olvidado de todo lo ocurrido esa tarde y yo empezaba a respirar tranquila cuando llegó el momento de hacer pipí.
En cuanto se sentó en el orinal empezó a llorar. Le escocía, le dolía. No quiso orinar antes de dormir y lloraba cada vez que le preguntábamos si tenía pipí. Esa noche se orinó en la cama, algo que nunca había hecho porque sorprendentemente había aprendido a controlar esfínteres muy rápido.

Mojó la cama todas las noches y se orinó encima varias veces al día durante una semana entera. Verse mojada le resultaba muy extraño y la inquietaba mucho. Nuestros habituales juegos también cambiaron porque Lucia mostraba un empeño tremendo en mantener las piernas cerradas y por eso no saltaba, ni bailaba, ni jugaba a montar a caballo. Fue imposible ponerle la crema recomendada por el pediatra porque no dejaba que la tocáramos.....

Poco a poco fue normalizándose la situación a costa de que nosotros hicimos como que lo habíamos olvidado. Tiramos con ella la crema a la basura y dejamos de preguntarle si quería ir al lavabo.
Solo durante el baño, y haciéndome la despistada, aprovechaba para explorarla. Una hendidura roja, se abría bajo el clítoris de la vulva de Lucia, eran los labios menores "liberados", reflexioné mucho sobre lo poco que conocía, como mujer que soy, la anatomía vaginal y cómo era posible no haberme dado cuenta yo misma del problema.

Una noche tras el baño, su padre me dijo que había estado mirando a la niña y que se le habían vuelto a pegar los labios. Recordé las palabras del pediatra asegurando que eso podía ocurrir y la llevé a la consulta de urgencia. Me culpaba a mí misma por no haberle puesto la dichosa crema.
Falsa alarma, todo estaba bien, era sólo que habíamos confundido el clítoris con los labios menores. ¿Dónde acaba el clítoris?, ¿dónde empiezan los labios menores?, ¿qué comprende la vulva?, ¿dónde está la vagina?. No tenemos ni idea de cómo somos.

El pediatra aprovechó el incidente para recordarme que siguiera poniéndole crema a Lucía, era muy importante. Le mentí, no le conté que la había tirado a la basura con la niña delante para intentar desactivar su pánico. Mi intuición me decía que era mucho más saludable para Lucia olvidar el incidente y proteger sus labios menores con una buena higiene diaria que con la crema Cum Laude que relacionaba directamente con el episodio doloroso. No le conté cuan preocupada estaba por lo afectada que veía a Lucia, ni que había estado informándome sobre la sinequia y que algunas voces creen que es mejor dejar las cosas como están hasta que el propio organismo genere los estrógenos necesarios para resolverlo.

Tampoco le hablé de los efectos secundarios de la liberación: todos los muñecos de mi hija tumbados en su cama y ella curándolos con verdadero amor. A todos les ponía crema cada día y a todos les decía que no lloraran que se les pasaría pronto, todos estaban enfermos del culerete que es como se refiere Lucia a la vagina. Yo no tenia ni idea de cuando decidiría ella darles el alta.
No le dije nada porque creo que no lo hubiera entendido y porque todo esto lo he pensado y sabido ahora, gracias al saber de amigas que transmiten -dentro y fuera del MyS- su conocimiento.

En cuanto a la niña, hoy todo se ha normalizado, pasó la crisis, aunque hay veces que, sentada en su orinal, me mira y me dice sorprendida:
- No hace pupa. El pipí no hace pupa.

Así que todo se ha normalizado pero hasta cierto punto, de hecho, Winnie the Pooh todavía tiene la mal llamada sinequia vaginal.

 

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